Introducción

Los arrecifes coralinos son auténticos rincón de biodiversidad, pero cada vez más se enfrentan a una amenaza inesperada: la contaminación lumínica. Un reciente estudio de la Universidad Bar‑Ilan, publicado en Current Biology, revela que la luz de ciudades costeras, puertos y hoteles perturba gravemente el descanso nocturno de los peces de arrecife, provocando cambios de conducta y daño cerebral.

Cómo se investigó el sueño de los peces

El equipo de investigación centró su atención en el Chromis viridis, una pequeña especie de peces azul‑verde que habita en los corales de la península del Golfo de Akaba. Durante el día, estos peces se alimentan entre las ramas coralinas y, al caer la noche, se refugian entre los pólipos para dormir. Para descifrar su patrón de sueño, los científicos combinaron cámaras de infrarrojo, software de análisis de movimiento y pruebas de campo, logrando identificar una postura casi inmóvil y una reducida respuesta a estímulos.

Exposición a luz artificial

Una vez establecido el comportamiento basal, los investigadores introdujeron niveles de luz similares a los que se miden en costas urbanizadas. No se trató de una iluminación intensa, sino de la tenue luz azul‑verde que emana de farolas y reflejos marítimos. Los resultados fueron sorprendentes: los peces casi dejaron de dormir. En lugar de una calma nocturna, mostraron actividad errática, búsquedas de alimento fuera de horario y, en ocasiones, choques con sus congéneres.

Efectos del brillo nocturno

La alteración del sueño desencadenó una serie de respuestas que podrían impactar la dinámica del ecosistema. Los individuos se volvieron más agresivos, modificaron sus patrones de alimentación y, al permanecer activos, aumentaron su consumo energético. Además, la falta de descanso compromete procesos fisiológicos esenciales, como la reparación celular y la consolidación de la memoria.

Daño a nivel neuronal

El estudio no solo observó cambios conductuales; también examinó el cerebro de los peces. En áreas cerebrales vinculadas al sueño, se detectaron marcas de daño en el ADN neuronal, evidenciando que la exposición a luz artificial, aunque breve, produce lesiones genéticas visibles después de pocas noches y que persisten durante meses. “No es que la luz destruya directamente las neuronas, pero la interrupción crónica del sueño debilita la capacidad de recuperación del cerebro”, explicó el profesor Oren Levy.

Implicaciones para los ecosistemas marinos

Si el 22 % de las costas del planeta están iluminadas y el 35 % de las áreas marinas protegidas se ven afectadas, los efectos podrían propagarse más allá de los peces. Investigaciones previas del mismo grupo mostraron que la contaminación lumínica también altera la simbiosis entre corales y algas fotosintéticas, comprometiendo la salud del arrecife en su conjunto. Un cambio en el comportamiento de una especie puede desencadenar un efecto dominó, debilitando las redes tróficas y la resiliencia del ecosistema.

¿Qué soluciones se proponen?

Los autores abogan por la adopción de tecnologías de iluminación más responsables: uso de espectros menos disruptivos, instalación de dispositivos con direccionamiento preciso que eviten el derrame de luz al mar y la implementación de horarios de apagado o atenuación durante la noche. Asimismo, sugieren la creación de “zonas oscuras” alrededor de áreas protegidas para preservar los ritmos naturales de sus habitantes.

En definitiva, la luz artificial, aunque aparentemente inofensiva, está alterando el delicado equilibrio de los arrecifes. Proteger la oscuridad nocturna podría ser tan crucial como combatir la contaminación química para garantizar la supervivencia de estos vibrantes ecosistemas.

Source: https://scientias.nl/last-van-slapeloze-nachten-rifvissen-ook-ze-hebben-steeds-f.../

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