Descubrimiento del neutrino de alta energía
El 22 de septiembre de 2021, el observatorio IceCube, enterrado bajo el hielo antártico, capturó una partícula prácticamente inexistente para los humanos: un neutrino con una energía de 750 teraelectronvoltios (TeV). Esa magnitud supera por mucho a los aceleradores más potentes de la Tierra, lo que obliga a concluir que su origen está en alguna de las catástrofes más violentas del cosmos.
¿Por qué los neutrinos son valiosos para la astronomía?
Los neutrinos, denominados “partículas fantasma”, atraviesan materia sin desviarse ni absorberse. No son alterados por campos magnéticos y pueden cruzar planetas, estrellas o nubes de gas como si fueran vapor. Por eso, cuando uno de ellos llega a la Tierra, lleva consigo una dirección precisa del punto del universo donde se generó.
Rastreando la fuente: del hielo a Hawái
Tras la detección, los investigadores trazaron una zona del cielo a la que apuntaba la trayectoria del neutrino. Los primeros análisis, centrados en rayos gamma, rayos X y luz visible, no revelaron ningún candidato evidente. Fue entonces cuando un equipo de científicos de Taiwán y Japón decidió inspeccionar la misma región en longitudes de onda submilimétricas, un rango entre las ondas de radio y el infrarrojo.
Utilizando el radiotelescopio James Clerk Maxwell en Hawái, descubrieron una fuente extremadamente brillante a la que llamaron “Shadow Blaster”. Observaciones posteriores con el interferómetro ALMA en Chile mostraron que esa fuente estaba dividida en cuatro imágenes, un claro indicio de lente gravitacional: la luz provenía de un objeto muy lejano cuyo camino había sido curvado por la gravedad de una galaxia anterior, actuando como una lupa cósmica.
La fábrica de estrellas del pasado
El objeto detrás de la lente se encuentra a más de once mil millones de años luz, lo que significa que lo vemos tal como era cuando el universo tenía apenas la mitad de su edad actual, en la llamada “época de la tarde cósmica”, cuando la formación estelar era mucho más abundante que hoy.
Los astrónomos interpretan esa estructura como una proto‑galaxia extremadamente densa y rica en gas, una verdadera fábrica de estrellas que convertía gas en nuevas estrellas a velocidades cientos de veces superiores a las de la Vía Láctea. En su núcleo, que mide solo unos pocos miles de años luz, el gas se compacta tanto que sirve de blanco para partículas cósmicas de alta energía, generando, entre otros productos, los neutrinos detectados por IceCube.
¿Una fuente confirmada?
Aunque Shadow Blaster es la candidata más plausible, los cálculos indican que es poco probable que una sola galaxia produzca un neutrino con la energía observada en tan solo una década. No se descarta, sin embargo, que algún evento extraordinario haya ocurrido, o que la verdadera fuente sea un objeto aún desconocido. La detección, sin embargo, demuestra el potencial de combinar la detección de neutrinos con observaciones en longitudes de onda inexploradas.
Este hallazgo abre una nueva ventana para explorar el universo temprano mediante “neutrino‑astronomía”, una disciplina que promete revelar procesos energéticos que hasta ahora sólo se habían teorizado.