Ventajas psicológicas del colecho

Compartir la cama o la habitación con el hijo es una práctica que data de tiempos ancestrales y que sigue vigente en distintas culturas. Según la psicóloga infantil Paloma García Aranda, el colecho favorece la creación de un apego seguro, ya que brinda al pequeño una sensación constante de protección y cercanía. La regulación emocional mejora cuando el niño percibe la presencia de sus padres durante la noche, lo que reduce la ansiedad y facilita la lactancia materna en los primeros meses. En muchos casos, los despertares nocturnos se vuelven menos frecuentes, porque el bebé siente que su entorno es predecible y está bajo vigilancia.

Riesgos y señales de alarma

Aunque los beneficios son evidentes, el colecho también puede acarrear inconvenientes si se practica sin una motivación consciente. Cuando la costumbre surge como respuesta a la falta de sueño de los padres o a situaciones de agotamiento, puede generar dependencia excesiva del menor. La psicóloga advierte que la fragmentación del sueño de los adultos, la pérdida de intimidad de la pareja y el cansancio crónico son indicadores de que la práctica está afectando la dinámica familiar. Además, si el niño muestra una ansiedad intensa al despertar solo, despertares continuos o rechazo a participar en actividades fuera del hogar, es señal de que el colecho está limitando su autonomía.

Indicadores de dependencia excesiva

Entre los signos más claros se encuentran la imposibilidad de dormir sin la presencia física de los padres después de los dos años, la necesidad de que la cama compartida sea la única opción para conciliar el sueño y la resistencia a trasladarse a una habitación propia. También aparecen conflictos entre los progenitores, que discrepan sobre la duración del colecho, y una sensación de agotamiento generalizada que afecta el desempeño laboral y el bienestar emocional de la familia.

Cómo y cuándo promover la independencia

Los especialistas coinciden en que el rango de los dos a tres años es el momento idóneo para iniciar la transición hacia una cama individual. Entre los cuatro y los cinco años, la autonomía suele consolidarse de forma natural si se respetan los ritmos evolutivos del niño. La clave está en realizar el proceso de forma gradual: mantener rutinas predecibles antes de acostarse, introducir objetos de apego como su peluche favorito o una manta, y reforzar positivamente cada pequeño logro. Es fundamental acompañar emocionalmente al pequeño, evitando métodos bruscos que puedan generar miedo o vergüenza.

En caso de duda, la psicóloga recomienda consultar a un profesional de la psicología infantil para diseñar estrategias personalizadas que respondan a las necesidades específicas de cada familia, garantizando así que el colecho contribuya al bienestar colectivo y no se convierta en una carga.

Source: https://www.eldiario.es/nidos/paloma-garcia-aranda-psicologa-infantil-consecuencias-dormir-hijos-xp_1_13175217.html

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