El amanecer del éxodo
Alrededor de las siete de la mañana, una multitud de aproximadamente 4.000 personas comenzó a abandonar el campamento improvisado que se había erigido en la Playa del Trampolín, en los alrededores de Ceuta. Hombres, mujeres y niños, mayoritariamente de origen magrebí y de países del África subsahariana, recibieron la orden de la Guardia Civil y la Policía Nacional de desalojar el área. El sonido de los vehículos policiales y el murmullo de la gente que recogía sus pertenencias se mezclaron con el rumor del mar, creando una atmósfera cargada de incertidumbre.
Orden de desalojo y primeras reacciones
Los agentes empezaron por trasladar a los migrantes de origen subsahariano, mientras el sol apenas asomaba en el horizonte. Una larga fila se formó rápidamente, extendiéndose hasta la barriada de Benítez. Muchos, temerosos de ser devueltos a Marruecos, intentaron escapar entre los arbustos que bordean la arena, mientras otros cargaban bolsas con ropa y objetos personales. La falta de información sobre el destino final de los desplazados alimentó la ansiedad colectiva.
Historias que emergen del caos
Entre los rostros que quedaron grabados en la memoria de los testigos, destaca Keriz, un joven de 24 años originario de Fez, que había trabajado como barbero en Tetuán. Durante su estancia en el campamento, utilizó una silla para ofrecer cortes de pelo a sus compañeros. Keriz relató que apenas comía una vez al día, pero su mayor temor era regresar a Marruecos: “Cualquier cosa menos volver allí”. Su amigo Hassan, con la misma convicción, gritó al ser escoltado: “A Marruecos no, a Marruecos jamás”.
Otro caso conmovedor es el de Vincent, un menor huérfano que, para aliviar la tensión, se pintó la cara al estilo de Charles Chaplin y animó a los demás jóvenes. A pesar de su corta edad, mantuvo el buen ánimo mientras esperaban ser trasladados a los nuevos centros de acogida.
El destino de los desplazados
Según fuentes del Ministerio de Migraciones, los migrantes serían reubicados en los campamentos de Loma Margarita y Loma Colmenar, instalaciones que habitualmente sirven para la distribución de tickets a quienes cruzan en coche la frontera hacia Marruecos. Sin embargo, la falta de claridad sobre el proceso provocó nerviosismo y desconfianza entre los afectados.
Hamza, de 32 años, fue uno de los últimos en abandonar el Trampolín. Expresó su esperanza de encontrar mejores condiciones en el nuevo campamento, pero reiteró su rechazo a volver a Marruecos: “Necesito trabajar y comer”.
El fin del asentamiento improvisado
Al concluir la jornada, la playa quedó vacía, salvo por dos columnas de migrantes que esperaban su traslado. Los operarios de la empresa municipal de limpieza comenzaron a retirar los restos de las construcciones de caña, madera y plástico que habían servido de refugio durante más de veinte días. El escenario quedó marcado por la ausencia de las sillas, las bolsas y los objetos personales que alguna vez dieron vida a aquel improvisado refugio.
El desalojo de la Playa del Trampolín pone de relieve la complejidad de la crisis migratoria en Ceuta, donde la presión de los partidos políticos y la respuesta de las fuerzas de seguridad generan un clima de tensión constante. Mientras tanto, los migrantes siguen enfrentándose a la incertidumbre de su futuro, temiendo ser devueltos a un país que consideran una amenaza para su seguridad y dignidad.