El legado de las cumbres y la revuelta popular

Desde la memorable manifestación contra el G8 en Génova, hace veinticinco años, las protestas han evolucionado sin perder la esencia crítica hacia el poder de los países más influyentes. Aquellas 200.000 voces clamaban contra la imposición de normas por parte de naciones ricas, buscando desmantelar un sistema que beneficiaba al norte del planeta en detrimento del sur. La experiencia de Seattle en 1999, durante la reunión de la OMC, perfeccionó tácticas y redes de activismo que han perdurado hasta la presente cumbre del G7.

De la seguridad reforzada a la represión policial

El Estado aprendió rápidamente a contrarrestar la disidencia; la zona roja del G8 de Génova se convirtió en un ejemplo de vigilancia extrema y uso de la fuerza. Sin embargo, la memoria colectiva rara vez conserva esos episodios, y los medios liberales apenas los recuerdan años después. En el último encuentro, una milicia policial contuvo a menos de 20.000 manifestantes, aplicando arrestos masivos sin ofrecer instalaciones adecuadas de detención, una muestra clara de la impunidad institucional.

Un objetivo más concreto: la desigualdad de la ultra‑riqueza

El discurso de los manifestantes del G7 se centró en una sola cuestión: la disparidad de patrimonio que ha alcanzado niveles absurdos. La chispa simbólica más contundente fue la quema de un Tesla, un vehículo que representa la opulencia de Elon Musk, quien recientemente superó la barrera del billón de dólares. Ese acto, más que vandalismo, se convirtió en una metáfora de la ira contra una élite que controla recursos mientras la mayoría sufre escasez.

El papel de las redes sociales y la respuesta estatal

Mientras los gobiernos, incluso los que se autodenominan socialdemócratas, se muestran vacilantes ante la crisis de legitimidad, se centran en regular el uso de plataformas digitales, imponiendo restricciones a menores de 16 años. No obstante, estas redes, bajo la batuta de Musk y otros magnates, distorsionan la información con fines lucrativos, debilitando la democracia y alimentando la polarización.

¿Se escuchó alguna vez la voz de la calle?

Las iniciativas del G8 contra la pobreza que surgieron en años posteriores fueron interpretadas por los activistas como meras cortinas de humo dentro de una agenda neoliberal que perpetúa la miseria. En el caso del G7, la respuesta oficial fue mínima: la indignación se quedó en discursos y la presión social no logró provocar cambios estructurales. La pregunta persiste: ¿qué tan dispuestos están los poderes establecidos a ceder parte de su autoridad frente a un movimiento que exige justicia distributiva?

Source: https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/no-necesito-protestar-g7-derrumbando_129_13316206.html

Related Articles